Anécdotas surrealistas de mi aborto

Anecdotario surrealista de mi pérdida gestacional

Anécdotas de médicos tengo unas cuantas, supongo que le pasa a todo el mundo. A veces son historias tristes, otras muy ofensivas, algunas de partirte de risa… Pero vamos a centrarnos en las que me sucedieron durante mi pérdida gestacional, a ver qué os parecen:

Anécdota 1

Acudo a urgencias por primera vez, embarazada de 10 semanas y con un leve sangrado desde hace unas horas. Me dicen que probablemente sea un aborto, pero que hay que esperar unos días para confirmarlo. Y ahí va la joyita:

-¿Tienes alguna pregunta?

-… – (yo en modo shock total).

-Bueno, seguro que tienes muchas.

-Sí, tengo una, ¿qué pasa con la lactancia? – ya le había comentado que tenía un hijo de 3 años.

-Pero, ¿sigue tomando pecho? – Ahora la que estaba en shock era ella, y no vayáis a pensar que disimuló mucho. 

Atención, atención, que viene lo bueno:

– Bueno, tú ya sabrás que la lactancia favorece el riesgo de aborto.

No sé si os podéis imaginar la losa que me cayó encima en ese momento. Y eso que yo estaba informada y sabía que eso no era cierto. Hasta que hablé a título personal con una profesional de confianza, que me consta que está actualizada, no me quedé tranquila con el tema.

Por si os queda la duda: NO, la lactancia no favorece el riesgo de aborto. El único caso en el que sa valora el abandono de la lactancia (aparte, obviamente, de que la mamá quiera dejarlo) es si se trata de un embarazo de riesgo, pero de riesgo al nivel de estar en cama y no hacer nada; en realidad, cuando están contraindicadas las relaciones sexuales es cuando también puede estarlo la lactancia, ya que el riesgo es el mismo en ambos casos (lo digo por la información que he recibido hasta ahora de la mano de profesionales expertos, yo no soy profesional de latancia ni experta en la materia, así que ante la duda asesórate de la mano de profesionales, no tomes ninguna decisión en base a lo que yo haya escrito en mi blog, por favor).

Por otro lado, aunque lo que me hubiera dicho fuera cierto, ¿os parece una actuación profesional acertada? A mí, rotundamente no. Esa mujer no fue empática, no fue respetuosa, me cargó de culpa… Básicamente, no solo falló el mensaje, que era incorrecto, sino también la manera de transmitirlo, sin el más mínimo tacto. A su favor, os diré que me aconsejó que no abandonara la lactancia; llegados a ese punto, no tenía sentido (si era un aborto, ya no había nada que hacer) y si luego quería retomarla iba a ser más difícil.

Anécdota 2

Mismo día, un rato más tarde. Llego al Centro de Salud donde tenía que pedir cita para hacerme una eco unos días después. Me dirijo al mostrador, entrego el papel que me dieron para solicitar la cita y la mujer que me atiende me pregunta en un tono muy poco amable:

-¿Estás embarazada?

-… – (yo, de nuevo,  en modo shock total, lo último que me esperaba era esa pregunta).

Aumenta el tono , seco y cortante, como diciendo «A ver, niña, espabila», mientras pregunta varias veces más:

-Pero, ¿estás embarazada? ¿Estás embarazada?

No recuerdo cuántas veces me lo pregunto, fue taaaaan surrealista…  Creo que al final le dije que sí, sin más explicaciones, para que ese momentazo terminara cuanto antes…

Anécdota 3

Un par de semanas después, tras un tratamiento que no me había hecho los efectos que me habían indicado, hago una consulta en el 061 online explicando lo que me ha pasado y me indican que acuda a urgencias. Voy y me toca esperar un buen rato, hay bastante gente, y veo a varias que salen asqueadas por la atención recibida, esas cosas que se notan claramente en el lenguaje corporal. Y yo pensando «Venga, no te rayes, espera a ver qué pasa».

Cuando por fin me llaman a la consulta, me atiende una chica que me pide que le cuente. Empiezo la historia y me interrumpe para decirme que no sabe qué hago allí, que eso no es una urgencia, etc. Vamos, un encanto la mujer… Pero lo más surrealista fue que no paraba de insistir en esto:

-No sé por qué vienes si tienes cita en 2 días.

-No tengo cita en 2 días, sino dentro de 1 semana.

-Aquí veo una cita dentro de 2 días.

-Pues no.

-Pues sí.

… Y así hasta que se da cuenta de que es una cita de embarazo que no me han cancelado. Ni se disculpó, siguió igual de borde hasta que me fui, ¡un auténtico asco!

Anécdota 4

Durante este proceso hice 2 llamadas telefónicas al 061. Hubo un detalle con el que aluciné la primera vez, pero tenía cosas mucho más relevantes en que pensar, así que lo borré hasta que hice la segunda. Ahí la situación era muy diferente, estaba relajada y acompañada, hasta me dio la risa.

Ahí va la perla: el rato de espera hasta que me atendió un humano, en ambas ocasiones, para acompañar esos minutos me pusieron música de suspense. Sí, sí, has leído bien, música de peli de suspense. Porque claro, cuando estás en plena urgencia médica es algo tremendamente adecuado…

 

Ale, hasta aquí el anecdotario surrealista de mi pérdida gestacional. Creo que no tiene desperdicio, la verdad. ¿Y tu qué? Si te apetece contarnos alguna historia, déjame un comentario.

Relato de mi pérdida gestacional

Cuando tu hijo se va por el WC (relato de mi pérdida gestacional)

Soy madre. Mi primer hijo tiene 4 años. El segundo solo estuvo 10 semanas con nosotros (algo menos, ya que parece ser que dejan de crecer un par de semanas antes de que empieces a sangrar).

Cuando fuimos al hospital, al día siguiente del primer sangrado, durante la consulta la ginecóloga me preguntó:

-¿Qué edad tiene tu hijo?

-El mayor tiene 3 años y medio- contesté.

-¡Ah! Pero, ¿tienes dos?

-Bueno…

-Vale, el que tienes.

-Sí, el que tengo.

En ese momento dije eso, pero ahora me reafirmo. El mayor tiene 3 años y medio. El pequeño llevaba 10 semanas en mi cuerpo cuando empecé a sangrar. El pequeño existe, también es hijo mío, soy mamá de dos. Este bebé no ha llegado a nacer, pero es un miembro más de mi familia, y siempre lo será. No voy a obviar su existencia, no quiero olvidarle ni sustiruirle. Siempre tendrá todo nuestro amor, y siempre ocupará el lugar que le corresponde, es nuestro segundo hijo.

Ahora voy a contarte cómo ha sido el proceso del aborto. Entiendo que no todo el mundo tiene estómago para esto, o simplemente puede que no te apetezca leerlo. Pero, en mi caso, conocer experiencias reales es algo que me ayuda muchísimo. Por eso quiero compartir mi relato.

Bueno, y por otra razón. Hay muchas cosas que deberían cambiar para sanar poco a poco nuestra sociedad. Y una de ellas es la manera en la que hablamos (o, más bien, no hablamos) del nacimiento y de la muerte. Son temas muy tabú, y no creo que eso sea sano. Hablarlo y naturalizarlo me parece fundamental, dejar de vivirlo en soledad (y a veces en una terrible ignorancia y desinformación) y acompañarlo como un proceso más de nuestro día a día.

Ahora sí, voy a contarte mi experiencia. Si no te apetece leer sobre sangre y detalles escabrosos, gracias por llegar hasta aquí, pero mejor que no sigas.

El relato de mi aborto

He vivido muchas de las experiencias que forman parte de la vida sexual de la mujer: la menstruación, las relaciones sexuales, el embarazo, el parto, la lactancia… y ahora también un aborto.

Semana 1

Todo empezó un lunes por la noche, justo antes de acompañar a mi peque a la cama. Fuimos al baño y vi que había echado algo de flujo con sangre. Era poquito, y al limpiarme con papel no manchaba más. Obviamente, me asusté mucho, pero estaba sola en casa con mi peque y me tocó mantener la compostura (uno de esos superpoderes que tenemos las mamás). Me metí un dedo para comprobar si salía limpio, y así fue, ni rastro de sangre.

Fuimos a la cama y le conté un cuento. Me temblaba mucho la voz, pero tiré palante. Al poco llegó papá y le conté lo que había pasado. Decidimos esperar a ver qué ocurría al día siguiente, confiando en que todo se quedara en un susto.

Por la mañana fui al baño. Más sangre. En realidad era como flujo con sangre, tipo regla, pero flojita, como al principio o al final de la menstruación. Llamé al 061 y me recomiendaron ir al hospital. Muchos nervios, mucho miedo, pero seguimos confiando en que vaya todo bien.

Entro en la consulta sola; no entiendo por qué a veces no permiten que entren los acompañantes, ¿alguien lo sabe? (aclaro que esto sucedió antes de la pandemia). Hay tres chicas jóvenes, bastante riquiñas: una ginecóloga, una auxiliar (supongo) y una chica de prácticas. Me exploran y me hacen una ecografía. Me explican que se ve un saco y un embrión, pero que es muy pequeñito. Según los cálculos, en ese momento yo estaba embarazada de 10 semanas, pero el bebé, por las medidas, parecía de 6. Hay que repetir la eco en unos días para ver si ha crecido y ha habido un error de cálculo (es decir, que esté embarazada de menos tiempo del que creía), pero tiene bastante pinta de aborto.

Así que toca esperar. Es una sensación terrible, pensar que teníamos que esperar una semana para saber qué estaba sucediendo… 

Pasamos el resto de la mañana gestionando las citas que me habían indicado, una analítica y una ecografía. Aprovechamos para hacer algún otro recado, mientras compartíamos la mañana en pareja, procesándolo y hablándolo con calma.

Al llegar a casa, sobre la hora de comer, compruebo que el sangrado va en aumento. En ese momento empiezo a posicionarme y a asumir la pérdida. Fue un momento muy triste, pero por suerte me sentí arropada. Lo que yo no sabía era que eso era solo el principio de un proceso muy largo.

Al día siguiente fui a trabajar por la mañana, pero al rato volví a casa; el cuerpo me pedía reposo. Me quedé profundamente dormida. Por la tarde, con toda la calma, volví a trabajar otro rato (me habían recomendado reposo relativo, y yo fui guiándome por lo que me pedía el cuerpo, que era mantenerme activa, aunque a un ritmo calmado). Un rato después, estaba sentada en el ordenador y noté que estaba sangrando, aunque no fui consciente de cuánto. Al poco me levanto para ir al baño y veo que he manchado la silla. Miro el pantalón y estaba perdido de sangre. Voy al baño, la braga empapada. Me siento en el WC y ahora viene el momento más impactante de todo el proceso…

Ya había echado varios coágulos, pero eran pequeñitos (a mí me recordaban al sangrado del postparto). Y de repente noté como si algo se me cayera; algo mucho más grande, como un coágulo gigante. Fue una sensación indescriptible. Sucedió muy rápido, pero noté perfectamente cómo se deslizaba y caía, salpicando en el agua. Y pensé: “Ya está, ese era mi bebé”. Así que tiré de la cadena y me fui a casa.

Por suerte, disponía de algo de tiempo antes de que me trajeran al peque, así que me di una buena ducha, avisé a mi marido de que viniera, que le necesitaba, y tuvimos un rato solos para contarle lo que había pasado y llorar.

Aparte de la tristeza y de la situación tan dura, había algo que me inquietaba bastante: necesitaba saber qué iba a pasar. No me habían explicado nada, y tenía muchas dudas: tras ese episodio, ¿debía volver al médico antes de la cita que tenía programada? Cuando fuera, ¿qué me iban a proponer o a hacer? ¿Cuáles eran los posibles tratamientos y qué implicaba cada uno?…

Decidí pedir ayuda a una matrona que conozco en la que confío plenamente y que me respondió enseguida. Quedamos y me explicó todo lo que necesitaba saber, resolvió mis dudas y me regaló varios consejos. En resumen, esto es lo que me contó:

  • El episodio del sangrado a lo bestia con coágulo gigante no iba a ser el único, se iba a repetir.
  • El proceso iba a ser largo, más que una regla (como mi regla suele durar cerca de una semana, me dijo que contara con 10-15 días).
  • Cuando fuera al médico, las posibilidades eran:
  1. Que no me hicieran nada (es decir, dejar que todo se desarrollara de forma natural, sin intervenciones).
  2. Que me dieran un tratamiento con pastillas, que provocan contracciones y aceleran el proceso.
  3. Que me hicieran un legrado, que es una intervención en la que te limpian las paredes del útero.
  • Me iba a seguir sintiendo rara durante un tiempo, como si aún estuviera embarazada.
  • Es habitual seguir sangrando o manchando hasta que venga la siguiente regla, y esta puede ser bastante extraña.

Gracias a esta maravillosa mujer me quedé muchísimo más tranquila. Decidí esperar al día en que tenía la cita, para haber expulsado ya lo más posible, confiando en que el proceso fuera natural.

Al día siguiente (ya era viernes) tuve de nuevo un sangrado muy abundante en el que expulsé un montón de coágulos, algunos que no eran pequeños precisamente, y dos enormes, como el de la vez anterior. A partir de ahí, el sangrado fue disminuyendo. El malestar, tipo regloso, se mantuvo durante bastantes días, pero no me impedía hacer vida normal, aunque a un ritmo mucho más tranquilo que el que había llevado los últimos meses (por circunstancias que no vienen al caso, habían sido, con diferencia, los más estresantes de mi vida).

Semana 2

El día que me tocaba la cita para hacerme la ecografía estaba muy nerviosa, tenía mucho miedo de que tuvieran que hacerme algo, para mí era muy importante que el proceso fuera natural. Y, por otra parte, esta visita fue en un centro de salud en el que en mi primer embarazo tuve malas experiencias. Así que, por un lado, estaba nerviosa por saber si me iban a proponer algún tipo de intervención y, por otro, estaba nerviosa por la incógnita de cómo me iban a atender.

Pero tuve muchísima suerte y me cayó un ángel. Me atendió una chica que, desde el momento en que me tumbé en la camilla, empezó a hablarme. Eso ya fue una gran diferencia, porque en mi primer embarazo cuando iba a las ecografías en este mismo lugar lo habitual era que ni siquiera se dirigiesen a mí en prácticamente ningún momento, a no ser que yo hiciera alguna pregunta. Yo recordaba una sensación muy fría y muy muy muy desagradable. En cambio, esta chica fue en todo momento muy dulce, muy empática y me explicó todo muy bien.

 El caso es que me hizo la ecografía y todavía quedaban restos, que estaban bastante adheridos, y los resultados de la analítica indicaban que yo estaba muy al borde de la anemia. Así que me recomendó un tratamiento con pastillas para acelerar el proceso de aborto; aunque ella era partidaria a priori de que todo fuera lo más natural posible, en este caso no le parecía la mejor opción. A mí me pareció correcto (en realidad, lo que más miedo me daba era el legrado) así que decidí aceptarlo. El tratamiento consiste en 4 pastillas que te introduces en la vagina todas a la vez; debes hacerlo por la noche para que no se caigan y a lo largo de 48 horas, más o menos, hacen su efecto. Lo que hacen es acelerar el proceso (lo que sucedería a lo largo de varios días o semanas, se concentra en dos días). Me explicó que iba a sangrar mucho más, que iba a tener contracciones, probablemente náuseas… Bueno, un montón de posibles síntomas (y, de hecho, junto con las 4 pastillas me dio una bolsa con bastante medicación y las instrucciones para tomarla si la necesitaba).

Con toda esta información, yo me hice a la idea de que iba a encontrarme mal. Por la noche, me metí las pastillas y esperamos a ver qué pasaba; seguí haciendo vida normal, y el caso es que al día siguiente las pastillas no me hicieron ningún efecto. De hecho, yo creo que hasta sangraba menos, y tenía el mismo malestar físico que desde que había empezado todo (muy leve, vaya). Por la tarde, alrededor de las 18hs (o sea, muchísimas horas después de haberme puesto las pastillas) estaba en el trabajo, fui al baño hacer pis y al limpiarme en el papel aparece una pastilla intacta. Me quedé alucinada, no sabía qué hacer, así que llamé al 061 y ahí me informaron de que esto era algo bastante habitual, que a veces se cae alguna, que si podía me la volviese a meter (cosa que hice) y listo.

Los días siguientes yo estaba bastante bien, sangrando muy poquito, aunque no dejé de sangrar en ningún momento, y con alguna leve molestia, pero ni una sola contracción, ni náuseas… ¡Nada de nada! Así que yo lo que me temía era que las pastillas no me habían hecho efecto por alguna razón o que se me habían caído sin darme cuenta. Estaba bastante preocupada y todavía faltaba una semana entera para la siguiente cita, así que decidí que el lunes iba a hacer una consulta a ver si era conveniente ir al hospital o algo.

Semana 3

El lunes hice una consulta online (casualmente, me acababa de enterar de que aparte del 061 telefónico también existe un servicio online) contando lo que me había pasado y cuáles eran mis dudas.

Al rato recibí una respuesta recomendándome acudir al hospital. Era lunes por la tarde y había mucha gente en urgencias de ginecología; tardaron bastante en atenderme y, para colmo, esta vez no tuve tanta suerte y me atendió una profesional que fue muy borde y lo único que me transmitía eran muy pocas ganas de trabajar. Después de reñirme por haber ido a urgencias cuando lo mío no era una urgencia (a pesar de explicarle que yo había seguido las recomendaciones del 061), me hace una ecografía y me dice que está todo bien, que ya hay menos restos y que todo sigue su curso normal. Vamos, que la incógnita de por qué las pastillas no me provocaron los síntomas esperados no se resolvió.

El resto de la semana digamos que todo se fue normalizando. Físicamente me encontraba casi normal, muy poco sangrado y muy pocas molestias. Pero mi cuerpo seguía raro, en cierto modo aún te sientes como si estuvieras embarazada (las hormonas siguen alteradas). Y en cuanto a la parte emocional y psicológica del asunto, ya estaba todo mucho más asumido. Lo cierto es que el hecho de haber podido hacer vida normal y haberme encontrado bien en todo momento ayudó, y todo el proceso coincidió con un gran avance en un proyecto personal tanto de mi marido como mío que nos sirvió para contrarrestar un poco una situación tan dolorosa. Digamos que, a pesar de lo duro y triste que es algo así, agradezco mucho que no sucedió en el peor momento.

Para mí el duelo implica mucho tiempo. Cuando me ha tocado de cerca, nunca he asumido la muerte enseguida, han sido procesos largos e íntimos. Y este es un episodio más que se incorpora a la historia de mi vida y que iré procesando poco a poco. Tras los primeros días, que fueron más duros, impactantes y tristes, y la parte física también mucho más intensa, lo peor es estar recordándolo todo el rato, cada vez que vas al baño y ves la sangre, y tener que ir al médico una y otra vez. Pero también es cierto que el hecho de que sea un proceso largo ayuda a ir despidiéndote a tu ritmo.

Semana 4

Me toca de nuevo ecografía y de nuevo quedan restos, aunque esta vez son muy poquitos. Había tres posibilidades: no hacer nada y esperar a que salgan solos, hacer un legrado directamente o la opción intermedia que sería repetir el tratamiento de las pastillas. Me recomendaron esta última y a mí también me pareció lo más razonable. Esta vez me sugieren algo nuevo, humedecer un poco las pastillas con agua antes de introducirlas en la vagina, para que se disuelvan mejor.

Me hicieron más efecto que la primera vez, al día siguiente no me encontraba nada bien. No llegué a tener contracciones, ni a estar mal de quedarme en la cama (de hecho, estuve trabajando), pero estaba bastante pachuchilla. Además, llevaba unos días tomando ibuprofeno porque me dolía bastante la garganta, y como no suelo recurrir mucho a la medicación (prefiero dejar que el cuerpo sane solo y a su ritmo, a no ser que realmente me encuentre muy mal o que me esté impidiendo hacer mi vida) tenía quizá las defensas un poquito bajas y se me estaba juntando todo. El segundo día aún estaba regular, pero ya mucho mejor. Y el tercer día ya normal. 

A partir de ahí seguí manchando pero muy poquito, principalmente al ir al baño, así que por fin, después de casi un mes, dejé de usar compresas (ese mes para mí fue decisivo en otro aspecto, decidí que no quería usar compresas desechables nunca más y me pasé a las de tela, con las que estoy encantada).

Semana 5

Se repite la historia una vez más. Me hacen una eco y aún quedan restos. Como el ginecólogo que me atendió se quedó dudando, tomé la iniciativa y le propuse esperar unas semanas y volver después de que me hubiese venido la regla, a ver si gracias a ella se terminaba de limpiar todo bien. Le pareció razonable y quedamos así.

Pero esta vez hubo dos temas nuevos:

  • Por un lado, me pidió una analítica para comprobar los niveles hormonales (la hice y todo estaba correcto).
  • Por otro, en la eco le pareció ver algo al fondo del útero, posiblemente un mioma. Quedó pendiente de verlo en la siguiente revisión.

Ese día me enfadé, muchísimo. Tuve que esperar un montón a que me atendieran, me resultó desesperante estar viviendo una y otra vez lo mismo, parecía que el proceso no iba a acabar nunca… Estaba cabreadísima, tanto que eché a andar y de repente, cuando me di cuenta de donde estaba, llevaba más de media hora caminando y no había sido ni consciente. Pero me permití estar así, lo necesitaba. Enfadada con el mundo y hartísima.

Semanas 6 y 7

Poco después me vino la regla. Me habían avisado de que probablemente fuese una menstruación rara (color, olor…), pero en mi caso no, fue de lo más normal y me resultó tranquilizadora, me sirvió para avanzar un poco más en este durísimo capítulo de mi vida 

Incluso después de la regla seguí manchando un poco, mi cuerpo todavía se estaba normalizando. Y después de eso, tenía mucho flujo, pero ya limpio por fin.

Semana 8

El día de la revisión iba muy tranquila. Lo cierto es que prácticamente había borrado lo del posible mioma de mi mente, y al encontrarme ya normal y haber dejado de manchar, estaba segura de que ese día se acabaría todo por fin. No fue así…

Ya no quedaban restos, pero había algo claramente. El ginecólogo llamó a una compañera para contrastar opiniones. No sabían si era un mioma o un pólipo, aunque apostaban por un mioma. Y esto es lo que me cuentan:

  • No es grave ni urgente, de hecho tiene un aspecto totalmente benigno, pero hay que sacarlo.
  • Posiblemente haya sido la causa del aborto, aunque no se puede saber con seguridad.
  • Tengo que esperar una llamada para que me den cita para una histeroscopia. Ese día, en principio, confirmarán que es un mioma y me lo quitarán. El proceso es rápido y bastante inocuo, aunque algo molesto y con ciertos posibles efectos secundarios (dolor, sangrado, náuseas…). Si en un mes no me han llamado, me recomiendan que llame yo para ver cómo va el tema.

Meses siguientes…

Pues sí, pasaron meses hasta que me dieron cita. Meses en los que llamé varias veces y me decían cada vez algo distinto (que iba a ser ya de ya, que si esta quincena no pero la que viene seguro que sí, que es imposible saberlo así que mejor no me dicen nada…). Hasta que por fin me citaron en febrero, 6 meses después de la última cita, 8 meses y medio después del inicio del sangrado. Fue una espera larga y difícil, y yo no tenía ganas de ir a hacer esa prueba, ni de hablar de ello… solo quería que todo pasara por fin y poder empezar un capítulo nuevo, pero no tenía ninguna confianza en que aquello fuese el final.

Semana 33

Vamos al hospital. Una vez más, tengo que entrar sola. Me atienden tres mujeres. Encantadoras, cariñosas, dulces, me lo explicaron todo antes de empezar y también durante. Fue mucho más llevadero de lo que había imaginado, apenas sentí molestias. Me metieron un suero que estaba frío, y luego un instrumento con una cámara y una especie de pincitas para sacar al “intruso”. Al final resultó que no era un mioma, sino un pólipo. Bueno, un pólipo y medio, ya que tenía un compañero a medio formar. Me los sacaron y listo. Los días siguientes tendría que usar compresas, ya que estaría expulsando el líquido poco a poco. Y ya solo tocaba esperar al resultado, ya que había que analizar el pólipo, pero me aseguraron que era benigno. 

Semana 37

Un mes después recibí una llamada para corroborarlo (en ese momento ya estábamos confinados, desde hacía unos días, así que me lo contaron por teléfono directamente): el pólipo era benigno.

Fin del relato de mi aborto

Obviamente, ahí no acaba todo. ¿Sabéis eso de que el postparto no dura en realidad 40 días, sino mucho más? Pues el “postaborto” también. De hecho, yo creo que, como cualquier duelo, es un proceso que no acaba nunca. Para mí esta experiencia ha marcado un antes y un después muy significativo en mi vida. Pero ya os contaré más cosas otro día, hoy solo quería compartir mi historia. Gracias por acompañarme en este camino 💜

SMLM2020

La lactancia materna me sigue haciendo feliz, 4 años después…

Pues sí, hace exactamente 4 años os contaba esto. Y ahora, no os creáis que ha cambiado mucho el tema. Mi peque es bastante más grande y hace tiempo que no tiene esa dependencia de mí, aunque continúe tomando teta; así que puedo organizarme sin problema para ir al cine, tomarme una copa puntualmente o hacer lo que me apetezca sin que interfiera en nuestra lactancia. De hecho, ya duerme fuera de casa ocasionalmente, así que hemos pasado en varias ocasiones más de 24 horas sin vernos. Y no pasa nada, si estoy presente y a él le apetece, puede tomar teta; y si no estoy, pues no, con total naturalidad.

También ha cambiado mucho mi situación laboral. Sigo disfrutando de una gran flexibilidad, pero tengo mucha más carga que antes, así que, por así decirlo, estoy disponible muchísimas menos horas para él. De nuevo, no pasa nada. Cuando estoy, estoy, y cuando no, pues no.

Con todo esto lo único que quiero decir es que se puede compaginar la lactancia materna con una vida normal. Todo depende de las prioridades de cada una, por supuesto: si tu prioridad es dar teta, puedes hacerlo (salvo casos muy excepcionales), y si tienes otras prioridades incompatibles con la lactancia, pues afortunadamente vivimos en una época donde existen alternativas, así que adelante cada una con lo que desee.

Tengo la sensación de que muchas veces se asocia la lactancia materna con una forma de esclavitud. Para mí no lo es. Para mí es una forma de libertad, porque significa bienestar, placer, es mi prioridad y mi elección; no siento que esté renunciando a nada por la lactancia, sino lo contrario, creo que renunciaría a mucho si decidiera ponerle fin. Es cierto que el inicio de la lactancia es muy duro y exigente, a veces parece que no puedes hacer otra cosa más que dar teta; además de los contratiempos que te encuentres por el camino, que son muchos y a veces muy jodidos. Como todo en la vida, hay luces y sombras, pero la luz es tan potente que lo ilumina todo. La lactancia es una manifestación del amor en su estado más puro, una conexión animal tan poderosa y con tantas ventajas para el bebé, la mamá y la sociedad (salud, economía, medioambiente….), que la única razón válida para no hacerlo, aparte de esos casos excepcionales en que no es posible, sería que a la mamá no le apetezca, es lo único que tiene sentido para mí.

En cualquier caso, yo no asociaría esa «esclavitud» (no me gusta usar esa palabra, pero creo que así se entiende el concepto) con la lactancia, sino con la maternidad. Si tienes un bebé, des teta o no la des, ese ser es totalmente dependiente de ti. No hay más. Optar por la lactancia artificial va a facilitar que la mamá pueda hacer ciertas cosas, es cierto, pero también se va a perder otras; siempre hay que renunciar a algo.

Yo nunca he querido renunciar a mi lactancia. Y cuando he reflexionado sobre esa posibilidad, siempre la he descartado al momento. No porque sea lo mejor para él, ni porque sea lo mejor para mí, ni porque lo diga ningún gurú, ni porque vaya más acorde con cierto estilo de crianza… es porque es lo que quiero. Es lo que YO quiero. Y, de momento, también es lo que él quiere. ¿Hacen falta más argumentos?

Bueno, la verdad es que la lactancia materna es un tema tan amplio y apasionante que podría seguir hablando hasta… yo que sé, hasta el infinito y más allá. Pero creo que queda clara mi visión, no?

Como hice hace 4 años, me gustaría ofreceros algunos recursos que a mí me han ayudado mucho:

  • Para conseguir información sobre todo tipo de temas relacionados con la lactancia materna, vuelvo a remitiros a Alba Lactancia y a Maternidad Continuum.
  • Otra página muy útil es la de e-lactancia, porque ahí puedes consultar la compatibilidad con medicamentos y alimentos. Es muy fiable.
  • Grupos de facebook sobre lactancia (como el de Alba Lactancia Materna), donde puedes consultar tus dudas y recibir respuestas inmediatas de otras mamás y de asesoras de lactancia que se identificarán como tal.
  • Utensilios muy prácticos: sacaleches (yo siempre usé el Medela Swing y soy muy fan, aunque ahora me compraría el doble y el top de extracción que te permite tener las manos libres) y empapadores (de los grandes para debajo de las sábanas, y también de los que se ponen en el pecho, preferiblemente de tela, que son más agradables y ecológicos)
  • Selecciona la ropa que te vaya a resultar cómoda para dar el pecho y déjala más a mano para no andar rebuscando en el armario.
  • Hazte una tabla con instrucciones para gestionar la leche extraída y déjala a mano para que la vean todos los que se la vayan a dar al bebé (yo tenía una plastificada en la nevera).

 

Y, por último, el que para mí es el gran consejo que le daría a toda mujer embarazada que quiera dar el pecho (y que quiera un consejo, claro, que si no lo pides yo paso de meterme en tu vida, faltaría más): cuando nazca tu bebé, ten a mano el contacto de una asesora de lactancia. Asegúrate de que sea una profesional actualizada, porque, en caso de necesitar sus servicios, una buen profesional puede marcar la diferencia a un nivel tan profundo que ni te lo imaginas. Para mí (que no tuve ningún problema grave, sino una situación completamente normal que me desbordó por falta de información), lo que pagué a mi asesora de lactancia, en un momento económicamente bastante delicado, fue el dinero mejor invertido de mi vida. Puede que en el hospital o en el lugar donde hayas decidido parir haya profesionales que sepan atenderte como tú y tu bebé merecéis, pero por si acaso no es así, hazte con un contacto de confianza, no lo dudes.

Me despido, solo espero que, si quieres dar el pecho, no te sientas sola y sepas que puedes. Tienes muchos recursos a tu alcance para ayudarte en los momentos difíciles. Que disfrutes muchísimo de tu lactancia.

 

Blog Tips Confinados

Tips para un posible próximo confinamiento

No sé tú, pero yo esto de estar cambiando las rutinas constantemente lo he llevado fatal. El inicio del confinamiento fue muy impactante, y era previsible que iba a durar bastante más de dos semanas. Pero necesitamos tiempo para hacernos a la idea.

A mí en general me cuesta reacomodarme cuando hay un cambio significativo en nuestra vida familiar, y claro, lo vivido este 2020 con la crisis del COVID 19 ha sido eso multiplicado por mil. Lo primero fue el cierre del cole, y luego se desecadenó todo rapidísimo, no tuvimos tiempo a reaccionar. El principio fue muy loco, reajustando sobre la marcha los horarios, la gestión de la casa, pensando en cosas para hacer con el peque tantas horas ahí metidos, intentando asimilar lo que estaba pasando fuera… Y poco a poco fuimos aprendiendo a vivir así. La verdad es que yo en seguida tuve la sensación de que todo lo que había sucedido antes de estar confinados era lejanísimo, que había pasado en otra vida. Después empezó la desescalada, y de nuevo cambios constantes, aunque en sentido inverso…

Si bien es cierto que mi vida hasta ahora ha sido bastante inestable (he tenido muchos trabajos muy diferentes, y nunca el típico de jornada completa en horario de oficina, he cambiado mucho de vivienda y de compañeros de piso, he practicado aficiones muy diversas…), lo cierto es que en los últimos años cada vez me apetece más tener una rutina constante (bueno, tampoco demasiado, que una es como es). Y poco a poco lo estaba consiguiendo. Pero llegó el coronavirus y lo desmontó todo. Así que parece que de momento toca seguir viviendo al día, improvisando y adaptándonos a los cambiosPero, ante la posibilidad de que esto se repita en un futuro próximo, quiero aprovechar lo que he aprendido para que la próxima vez todo sea más llevadero. Bueno, y también porque soy un poco obsesiva de la organización y el control, así que lo que esté en mi mano lo voy a aprovechar, que el bienestar nunca sobra.

Ahí va mi lista de consejos para mí misma por si el COVID 19 vuelve a confinarnos en casa. Algunos son más generales y otros más personales. También los habrá que se puedan aplicar lo que dure la “nueva normalidad” esta en que vivimos, estemos confinados o no. Espero que haya algo que te sirva:

  • Kit de supervivencia: Creo que lo suyo es tener un poco de previsión. Sabemos que vamos a necesitar mascarillas (y filtros si usamos una mascarilla de tela, que en mi opinión es lo ideal tanto para cuidar el medioambiente como por comodidad), gel hidroalcohólico y, dependiendo de lo que hagamos, guantes (yo prácticamente solo los uso para hacer la compra, así que no los considero imprescindibles). Mejor no dejarlo para el último momento y comprar con antelación (si todo el mundo compra a la vez, se acaban los suministros, ya lo hemos visto).
  • Antes de salir de casa: Durante el confinamiento yo salía a la compra y a bajar la basura, prácticamente a nada más. Lo más difícil para mí era no tocarme la cara (y lo sigue siendo). Así que incorporé un par de hábitos que me ayudaron a evitarlo en la medida de lo posible: ponerme las lentillas (como paso mucho tiempo delante del ordenador, casi siempre estoy con las gafas, y aunque no sea así es frecuente que me olvide de ponerme las lentillas; pero en este caso es fundamental, ya que lo de recolocarme las gafas es un tic que me hace llevar las manos a la cara constantemente) y recogerme el pelo (tampoco suelo atender mucho a mi pelo, a veces ni me lo desenredo, lo llevo tal cual; pero ahí entra en juego otro tic, el de apartarme el pelo de la cara, y ese también hay que evitarlo, así que recogido, con diadema o algo que ayude a controlarlo).
  • Planificar menús: Hemos conseguido adaptarnos a hacer el menú semanal, pero creo que lo ideal sería hacerlo mensual. Una vez que empezó el confinamiento no había tiempo de nada, todo el rato era trabajar o atender al niño; recoger un poco o hacer la comida eran cosas que íbamos haciendo a trompicones, así que lo de pararse a pensar en las comidas costaba bastante (por tiempo y por energía mental); todo lo que se pueda adelantar de una vez, bienvenido sea.
  • Adaptar espacios: Sobre la marcha fuimos haciendo cambios, pero de nuevo cuanto más nos anticipemos mejor, lo ideal es estar cómodos desde el primer día. Llevar cosas al trastero, repensar la colocación de los muebles para tener espacios diáfanos más amplios o crear rincones para actividades específicas (trabajo, ejercicio…). Vamos a pasar mucho tiempo en casa, cuanto más a gusto estemos mejor, y también es importante que sea sencillo hacer la limpieza, ya que estando en casa todo el tiempo se ensucia mucho más (yo he notado un gran cambio desde que hemos empezado a salir, trabajar de nuevo en la oficina y demás, está todo mucho más limpio).
  • Gestionar la limpieza. En mi casa la limpieza general es cosa mía (básicamente porque a mi marido le gusta cocinar pero a mí no, y con la limpieza nos pasa lo contrario), y me mola hacerla concentrada , porque la disfruto. Así que es fundamental que el día de limpieza sea uno en que papá no tenga que trabajar y se pueda quedar con el peque exclusivamente mientras yo limpio. Sinceramente, cuando no podemos hacerlo así, me estreso un montón. En cambio, cuando hago la limpieza yo solita en casa disfruto mucho, pero como en esta situación no es posible, hay que buscar la versión más próxima.
  • Actividades para el peque. Yo procuro pasar mucho tiempo con mi hijo, y buscar la manera de que participe en lo que yo hago (que me ayude a cocinar, por ejemplo). Pero la mayoría de las veces sus intereses están en un lugar muy lejano, y yo no soy partidaria de obligar a nadie a hacer algo que no quiere, menos a un niño, y sobre todo si no es algo realmente necesario. Así que necesito ir encontrando actividades que le gusten y con las que pueda entretenerse solo sin depender de las pantallas. Y, creedme, no es nada fácil. No es que esté en contra de las pantallas, para nada, pero es muy fácil quedarnos ahí atrapados y no intentar otro tipo de actividades, y eso me preocupa. Uno de mis principales objetivos educativos con mi hijo es ofrecerle un rango de experiencias muy amplio, para que se conozca a sí mismo, que descubra lo que le gusta y lo que no, que desarrolle su identidad sobre unos cimientos sólidos y seguros. Y creo que ese proceso implica dos cosas por mi parte: respetar sus intereses y poner a su alcance experiencias muy diversas. Esto se dificulta mucho al estar confinados, entre que para él es fácil ponerse en “modo casa” y asentarse en la zona de confort, y para nosotros, con el extra de estrés, nos cuesta más llegar a todo. Por eso, hay que tener siempre en mente los objetivos.
  • Flexibilidad. Esto es lo más importante, sin duda. Es imposible mantener el ritmo habitual en una situación excepcional como esta. No se puede y punto. Yo al principio lo intentaba, sobre todo con el trabajo, me frustraba porque llegaba la hora de comer, estaba agotada, y solo le había dedicado al trabajo 2 horas (y no precisamente a pleno rendimiento, sino entre interrupciones varias y gestionando otras cosas a la vez). Con el paso de los días, fui encontrando la manera de ajustar horarios y tareas, coordinarme con mi marido y, en definitiva, establecer una nueva rutina. Pero muy diferente a la anterior. Así que, si esto vuelve a suceder, creo que es primordial que desde el inicio nos planteemos que los primeros días son de adaptación, hay que ir probando fórmulas para ver cómo nos ajustamos, pero no podemos frustarnos el primer día, ni la primera semana, sino asumir que es un periodo de prueba y que lo vamos a hacer lo mejor que podamos. Con el peque me pasaba un poco lo mismo, me esforzaba mogollón en prepararle cosas divertidas y a él no le interesaban nada (así descubrí muchas cosas sobre él, ahora conozco intereses y desintereses de los que antes no tenía ni idea). Pues lo mismo, hay que respirar y ser flexibles, ensayo y error, que poco a poco iremos aprendiendo a gestionarnos, pero desde luego no va a ser de un día para otro. No merece la pena sufrir por ello, bajemos la autoexigencia y dejemos la culpa a un ladito, porque nadie nos había preparado para esto.

 

Pues de momento no se me ocurre nada más, pero con esto creo que vamos bien. Si en los próximos meses tenemos que volver a estar encerrados en casita, espero que lo llevemos un poco mejor. Yo, lo primero que haré, será releer este post y, si me dejas algún otro consejo en comentarios, te lo agradeceré un montón. 

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Cada uno afronta la muerte a su manera

Suelo hablar del inicio de la vida en mis redes. Me gusta hablar de educación, de crianza, de lactancia… y especialmente me apasiona el tema de los partos. Entre otras cosas, porque considero que es un tema tabú en nuestra sociedad; tenemos muchos prejuicios, mucha desinformación, es muy habitual que no nos sintamos preparados para acompañar un momento así, tan importante y significativo. Lo habitual es apartarlo, encerrarlo en una sala de un hospital, y así nos enteramos solo de lo imprescindible. En fin, es como si no estuviéramos preparados para convivir con ello; con la excusa de que hay dolor, fluidos varios, etc. si no nos enteramos mejor. Ojalá consiguiéramos naturalizarlo mucho más. Esto no significa acudir todos en modo espectáculo cada vez que una mujer conocida va a parir, sino encontrar un equilibrio que incluya preservar la intimidad del momento y a la vez saber acompañarlo.

Pues para mí sucede exactamente lo mismo con la muerte. Y de eso quiero hablar hoy, de la muerte y de cómo acompañamos los procesos de pérdida.

Me apetece hablar de esto en parte por el gran paralelismo que encuentro en ambos momentos y en nuestra manera de afrontarlos, parece que nos aterra tanto el inicio como el fin de la vida, como si no lleváramos milenios conviviendo con ambos. Pero hay otra razón por la que quiero hablar de esto, y es porque yo misma me encuentro gestionando una pérdida. Y no ha sido la única, en los últimos meses me ha tocado despedirme de varias personas y animales muy queridos. Además, en mi entorno cercano también ha habido muchas pérdidas significativas. Y luego está la crisis del covid 19, que ha hecho de la muerte una compañera constante para todos, hayamos perdido a alguien por esta causa o no. En fin, que el duelo está ahí y siento la necesidad de expresarme al respecto.

El gran tema para mí, a nivel social, son los rituales y convencionalismos que tenemos incorporados ante la muerte de un ser querido. Lo cierto es que no los comparto ni los entiendo. Sí los respeto, sobre todo porque considero que cada uno tiene su forma de afrontar el duelo y muchos necesitarán todo el “paquete” para gestionar su despedida. Con el “paquete” me refiero a la esquela, el velatorio, la ronda infinita de pésames (incluidos los de gente que ni siquiera conoces), la/s misa/s (o los rituales religiosos que correspondan), el entierro o la incineración, las flores… (pongo puntos suspensivos porque en realidad no sé si me dejo algo). Todo ello tiene un cariz muy social, insisto en el término convencionalismos porque al fin y al cabo son cosas que se hacen porque “hay que hacerlas”, son como normas implícitas, ¿no?

Para mí, el duelo supone un proceso muy íntimo y de larga duración. Yo, conmigo misma, voy procesando cada pérdida a mi ritmo. Además, creo que la muerte de alguien querido es algo que no se supera nunca, sino que convivimos con ello el resto de nuestra vida. Sí que se va gestionando de otra forma con el paso del tiempo. Puede haber desde momentos de dolor desgarrador a dulces recuerdos que te llevan a sonreír y deleitarte en el pasado. Pero es algo que siempre estará ahí. Así es como yo lo siento y así es como yo lo vivo.

Voy con mi punto de vista respecto a velatorios y demás rituales de despedida. Creo que lo único que debería importar en esta situación son en primer lugar los deseos del fallecido y en segundo los de sus más allegados. A partir de ahí, debería dar todo igual. En el mundo de las bodas, por poner un ejemplo más social que el del parto, pasa algo parecido; cada vez hay más gente que opta por casarse «de otra manera», sin cumplir con todos los convencionalismos del “paquete”, pero parece que con la muerte todavía cuesta dar ese paso (al menos en mi experiencia personal).

Me voy a lanzar a contaros cómo me gustaría que se despidieran de mí mis seres queridos cuando me muera, mi despedida ideal:

Sería una fiesta en algún lugar significativo para mí. Todos traerían algo de comida y bebida, habría música y humor. Tal vez se compartirían fotos o vídeos de mi vida, hablarían de sus recuerdos conmigo, los momentos memorables, los graciosos, los especiales… Básicamente, sería una despedida con alegría, una celebración de mi vida. Y también habría lágrimas y tristeza, porque es necesario expresar las emociones y compartirlas. Obviamente, esta fantasía que me estoy marcando dependería de cómo y cuándo me muera, pero soñar es gratis, así que ahí os la dejo.

¡Ah! Y ante entierro o incineración, si hablamos de opciones convencionales, incineración sin duda. Pero aún tengo pendiente estudiar otras posibilidades.

¿Qué no querría? 

  • Esquela en la prensa.
  • Misa ni nada mínimamente religioso, ¡todo pagano a tope!
  • Que acudan personas con las que no hubiese tenido una relación cercana en algún momento de mi vida (con lo que eliminamos también las típicas frases de pésame que se dicen por inercia y que también me sobran totalmente), a no ser que tengan una relación cercana con los míos y ellos necesiten su presencia, por supuesto.
  • Tumba.
  • Corona de flores.
  • Que se haga nada en contra de la voluntad de mi familia nuclear.

 

Por eso, cuando se muere alguien en mi entorno más cercano, procuro hacer lo que la persona más allegada al fallecido necesite de mí. Porque igual que mis necesidades son muy diferentes, cada uno tiene las suyas. Y si no nos empeñáramos en encorsetarlo todo, nos enriqueceríamos gracias a las experiencias que aportan hacer las cosas de maneras diferentes.

¿Tú qué opinas, compartes los convencionalismos que solemos utilizar para despedirnos de los muertos o te gustaría hacerlo de otra manera?

Confinados pero contentos

Algunas cosas positivas del confinamiento en familia (especialmente con niños)

A ver, que quede claro antes de nada que esto del confinamiento y toda la crisis que estamos viviendo es algo terrible y durísimo, estamos descubriendo nuevos miedos, preocupaciones, paranoias, dramas… y aprendiendo a convivir con todo ello. Un percal de cuidado, esto es de todo menos bonito. Pero creo que siempre, por muy mal que estemos, hay aprendizajes que aportan, siempre hay algo positivo. Y me apetece retomar mi actividad en mi queridísimo y abandonadísimo blog profundizando un poco en esto. Porque de críticas (constructivas y destructivas), vamos sobraos, de tristeza e incertidumbre también, nos sobran nudos en el corazón y nos faltan luces en el horizonte (que haberlas hailas, pero no abundan precisamente).

 

Venga, vamos a rebuscar a ver qué encontramos:

  • La primera la tengo clarísima, es un auténtico regalo pasar tanto tiempo en familia, sobre todo con los peques. Normalmente, entre la vorágine del trabajo, el cole y todo lo demás, aunque pasemos tiempo juntos es diferente. Poder hacer todas las comidas juntos es un lujo, las conversaciones, el tiempo de juego, el ratito de despertarnos sin prisa por llegar a ningún sitio… todo cobra un cariz nuevo, pausado y profundo, muy enriquecedor (aunque a veces queramos gritarles «Iros todos a tomar por…», que también).
  • Vivir sin despertador. Depende de las circunstancias de cada uno, claro, pero yo me puedo permitir el lujo de despertarme a mi bola (o, en su defecto, que me despierten los besitos más dulces del mundo). De momento solo he tenido que poner la alarma un día en toda la cuarentena, es una de las cosas que más pereza me da de retomar la normalidad, jejeje.
  • Descubrir cosas de tu hijo que no sabías. Es lo que tiene pasar tantísimo tiempo con él, no sabéis la cara que se me quedó cuando le vi tomarse un plato de lentejas sin rechistar (no es un gran comedor y mi última noticia era que lentejas ni de coña).
  • Rescatamos cositas olvidadas en los armarios y les damos nueva vida. En esta casa han reaparecido varios juegos, por ejemplo. Pero lo más significativo fue el día que me pidió «¿Me enseñas el instrumento que tocabas tú?» y saqué el cello de la funda por primera vez en casi 5 años, todo un acontecimiento.

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  • Adquirir por fin la rutina de hacer ejercicio. A mí me gusta hacer ejercicio, no es una de mis pasiones tampoco, pero me gusta. Y si no lo practico más es por falta de tiempo, porque últimamente el cuerpo me lo pide (que una ya tiene una edad). Y claro, con esta nueva dinámica el cuerpo enseguida empezó a pedirme a gritos un poco de movimiento, y ahora ya está bastante incorporado. No todos los días, pero sí la mayoría, una rutina de 20 o 30 minutos; no es mucho, pero se nota, y tampoco tenemos margen para mucho más (teletrabajando los 2 y confinados con el peque hasta me sorprende que hayamos conseguido esto).
  • Conocerse mejor a uno mismo. Es algo que procuro tener siempre presente, es fundamental entender lo que uno quiere y necesita. Por ejemplo, en esta situación muchos han llevado fatal la ausencia de socialización y contacto. Yo, en cambio, lo que peor he llevado ha sido la falta de libertad, no poder entrar y salir a mi antojo (claro que contacto y cariño he tenido a diario y de mucha calidad).
  • Dar rienda suelta a la creatividad. No queda otra, adaptarse a un cambio tan brutal implica mucha creatividad. El hogar requiere nuevos espacios (yo, sin ir más lejos, he tenido que sacarme de la manga un mini escritorio para teletrabajar mínimamente a gusto), la gestión de la casa para la mayoría es muy distinta a la habitual (planificar menús e ir a la compra cambia mucho al hacer todas las comidas en casa e intentar minimizar las visitas al supermercado, limpiar también es diferente porque al estar todo el tiempo en casa ensuciamos más, etc.), actividades para los peques (un tema complejo, la verdad, creo que lo abordaré en otro post, por si a alguien le sirve mi experiencia).

Blog-Confinados-Despacho-Dimensionada

  • Valorar lo que tienes. Es un topicazo, lo sé, pero si esto no nos hace conscientes de nuestros privilegios, ¿qué lo hará? Yo tengo mucha, muchísima suerte, tengo una vida cómoda, tengo mucho más de lo que necesito, una familia maravillosa, ¡y hasta salud!
  • Redescubrimos el placer de lo cotidiano. Ese momento en que recuperamos la libertad de dar un paseo… ¡guau! Vivimos con muchas restricciones si lo comparamos con nuestra vida anterior, sí, pero qué bien sienta cada mini dosis de libertad.

Blog-Confinados-Paseo-Dimensionada

  • La desinhibición de la cuarentena. Lo de regalar vídeos ha sido el gran hit, al menos en mi entorno. No sé vosotros, pero yo nunca me hubiera imaginado haciendo algunas de las cosas que he hecho durante el confinamiento con tremendo desparpajo, es que me tiraba de un pie quién lo viese, cada vez que surgía la oportunidad de hacer un poco el moñas ¡a darlo todo! Cantar, bailar, o lo que a cada uno le salga, ha sido una terapia imprescindible, viva la catarsis.

Bueno, pues hasta aquí puedo leer, digo escribir. Si te apetece añadir algo me encantará leerte en los comentarios.

¿Alguna vez te has sentido «un poquito violada/o»? Yo sí

Es terrible, pero lo raro es que, como mínimo, no te hayas sentido «un poquito violada» alguna vez en tu vida. Es una lacra aparentemente masiva. Últimamente, series cojonudas (permitidme la subjetividad) como «The handmaid’s tale» o «Big little lies» nos están alertando de lo que puede pasar, de lo que ya está pasando, en este mundo machista y patriarcal. Y, a su extraña manera, la realidad a menudo supera a la ficción.

Hace pocos días del deleznable veredicto en el juicio del caso de La Manada, y las redes sociales están que arden con el tema (y todos los subtemas que conlleva). En este contexto, me ha apetecido contaros mis experiencias personales, esos momentos en los que me he sentido acosada o sexualmente agredida.

Así a bote pronto me vienen a la cabeza 3 episodios. Los voy a contar en orden cronológico, pero al revés. En el más reciente tendría yo unos 26 años o así. Iba caminando por la calle de mi ciudad, zona céntrica, alrededor de las 8 de la tarde, había bastante gente. Noté una presencia inquietante detrás de mí. Lo cierto es que no recuerdo muy bien cómo fue la cosa, pero sé que era un tipo joven, sucio (tengo en la cabeza una imagen de sus dedos con manchas rojas, como de sangre seca) y como ido, muy turbio. En un momento dado, me tocó el culo; supongo que salté y grité algo, no me acuerdo, la verdad. Recuerdo claramente la sensación de asco e inquietud.

Unos años antes, cuando aún vivía en Madrid (tendría 23 años), estaba en un local por la noche tomando unas copas con varios amigos. En un momento en el que no estaba ninguno cerca, se me acercó un tío, bastante borracho, y empezó a preguntarme cosas que ni recuerdo; yo no quería darle pie, así que le iba contestando con monosílabos, bastante seca, a ver si se daba por aludido y me dejaba en paz. Pues se ve que en algún momento lo pilló, porque de repente me suelta (y esta frase no la olvidaré en la vida):

-¿Tú qué pasa, que tienes el coño más grande que la puerta de Tebas?

Esa vez sí que reaccioné, no recuerdo lo que le dije, pero vamos, le puse bien en su sitio por faltarme al respeto de semejante manera.

Vamos con la historia más antigua, la más fuerte y la que recuerdo con mayor nitidez. 19 añitos, llevaba muy poco tiempo viviendo en Madrid. En un trayecto en metro, en el que iba sola, estaba de pie agarrada a una barra. Había bastante gente, típica situación de ir en el metro modo sardinas en lata. Yo llevaba una bufanda bastante larga. Y en esto que me doy cuenta de que un tío tiene la cola de mi bufanda entre su mano y su cuerpo. Me resultó raro, pero pensé (quise pensar), que era algo casual, la aparté discretamente y listo. El impresentable en cuestión tendría unos 50 años, no muy alto, pero anchote (más fofo que fuerte, pero desde luego, más fuerte que yo). Pasó algo de tiempo, quizá unos minutos después de lo de la bufanda, yo iba pensando en mis cosas, y de repente noté su mano en mi entrepierna; el tío había conseguido meter sus dedos entre mis piernas, sin que me diera cuenta, ¡no me lo podía creer! Le agarré la mano para apartarle, se resistió y hubo un leve forcejeo, llegamos a una parada y se bajó. No fui capaz de articular palabra. Nadie se enteró (o no se quisieron enteran) y estábamos rodeados de gente. Llegué a casa, me cambié de ropa y eché a lavar todo lo que llevaba puesto. Fue un episodio terrible.

Estas son mis historias. Ojalá peores que las de la mayoría, desgraciadamente una insignificancia comparadas con las de muchas, muchísimas otras.

Me parece indignante cómo se nos llena la boca en nuestra sociedad hablando del machismo de otras culturas, que no digo que no lo sean, pero qué fácil es criticar al prójimo, ¿verdad? Lo que no parece que se nos de tan bien es predicar con el ejemplo.

Es una pena que tengan que pasar cosas terribles para que nos pongamos a compartir estas historias. Solo espero que nos sirva para ayudarnos unas/os a otras/os.

Ventajas de la Navidad (por una mamá Grinch)

Reconozco que soy una persona muy poco navideña. Es una época que me cuesta bastante gestionar. Aún a día de hoy, al ir avanzando el mes de noviembre, noto como me voy estresando poco a poco; luego llega la vorágine navideña, que sea como sea ese año, siempre es un no parar durante unas 3 semanas; y después la resaca, los días posteriores, en los que estamos ahora, intentando retomar las rutinas y volver a la normalidad.

¿Por qué no me gusta la Navidad? Pues hay varias razones. Por un lado me resulta un poco abrumador tanto compromiso social, tantos eventos, con tanta gente y tan seguidos. Me encanta que haya una excusa para reunir a la familia, al menos una vez al año, y para quedar con gente con la que habitualmente no coincides; pero ese momento en el que revisas la agenda y te das cuenta de que no te quedan huecos para ti, me resulta un poco vertiginoso. Es como un pequeño paréntesis, supongo que hay que asumirlo y listo, pero a mí, que me gusta recogerme y tener momentos de relax e intimidad, me cuesta.

Y por otra parte están el consumismo ostentoso y la manipulación por parte del sistema, dos cosas que me rebientan. Creo que es muy importante fomentar un consumo responsable y, aunque está bien permitirse algún exceso de vez en cuando, en esta época considero que se nos va de las manos; entre la decoración, la comida y los regalos ya tiene tela la cosa, pero además añádele los mercadillos, actividades, eventos… que se organizan desde las entidades. Consumo, consumo y más consumo. Si todo esto se concentrara en días puntuales me parecería razonable. Pero no es así, son 3 semanas (y más, a veces mucho más) con las luces, las comilonas, las compras… un continuum de consumo extraordinario. Y es bien difícil salirte de la norma, cada vez es mayor la fuerza que te empuja a formar parte de ello y a seguir los patrones de la mayoría. Puedes hacer algunas cosas diferentes; por ejemplo, en mi casa no ponemos decoración y, si mi hijo empieza a pedirla, buscaré la manera de que sea lo más sostenible posible, y de aportarle nuestra propia personalidad. Pero en la mayoría de cuestiones sigo a la masa y procuro disfrutarlo lo más posible. Eso sí, siendo siempre consciente de que todo forma parte de una manipulación, de que los medios y la publicidad están condicionando muchas de las decisiones que tomamos para celebrar estas fiestas (algunas de las cuales ni siquiera tiene sentido celebrar en un estado laico, pero bueno, aún así forman parte de nuestra tradición).

Con estos planteamientos diréis: esta chica se ha equivocado en el título del post, jajaja. Pues no, ahora voy al meollo y os cuento mis reflexiones positivas. Porque otra cosa que me define, aparte de mi aversión por la Navidad, es que intento ver el lado positivo de cada situación, y buscar una mejora constante en todos los aspectos de la vida. Así que vamos a arrojar un poco de luz sobre esto:

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Ventaja 1: Con tantos juguetes nuevos, el peque está la mar de entretenido haciendo cosas productivas. Sí, la casa está invadida de cosas, hay que recolocar, despejar, etc. Pero es que de repente él se pasa las horas jugando sin parar. Va rotando de uno a otro, pasando varias veces por sus favoritos, experimentado, investigando, aprendiendo, divirtiéndose mucho. Y, sobre todo, apenas pide tele y pantallas, que últimamente se estaba convirtiendo en un asunto difícil de gestionar. Estoy encantada de verle tan concentrado y feliz.

Ventaja 2: La magia forma parte de nuestras vidas durante unos días. Nunca tuve claro qué haría si sólo fuera decisión mía, quizá no le contaría historias sobre los personajes que nos visitan y traen regalos esos días, no lo sé. Pero bueno, como formamos parte de un contexto social que tiene mucha importancia en nuestras vidas, y que hay que cuidar y respetar, nos unimos a esto también. Y de repente me veo que soy yo la que más insiste en la historia, contándole una y otra vez que va a venir tal personaje, que le va a traer regalos, que le han dejado regalos en varias casas (algunos aún no los hemos recogido, jeje), que como saben que tal persona le conoce y le quiere mucho pues también le han dejado un regalo ahí… Y es algo muy bonito, la verdad, lo estoy disfrutando. Él aún no se entera mucho, el año que viene habrá que tomárselo más en serio, pero a mí ya me está molando.

Ventaja 3: Salimos de la rutina, vivimos experiencias nuevas y diferentes, y eso siempre es enriquecedor. En esos días vemos a gente con la que no quedamos habitualmente, a algunos sólo les vemos una vez al año. Además, incluso con los que sí coincidimos a menudo, como los abuelos, hacemos cosas distintas, comemos cosas diferentes, incluso nos comportamos de otra manera. Uno de mis grandes objetivos en la educación de mi hijo es aportarle la mayor variedad de experiencias posibles, para que descubra qué le gusta, profundice en su autoconocimiento y se desenvuelva cómodamente en diversos contextos. En estas fechas eso viene dado, no hay que buscarlo, y es de agradecer.

Ventaja 4: Los niños son tenidos en cuenta. Esto tiene su parte triste, porque significa que no siempre es así; hay muchos lugares, actividades y situaciones que obvian su existencia, no se preocupan por su comodidad ni por su bienestar; se les considera seres molestos, asunto de sus padres y punto. No digo que deban formar parte de todo, hay cuestiones que son exclusivas de los niños y otras de los adultos, y está bien que así sea. Lo que me entristece es que se les excluya tanto, que hayamos llegado a un punto en que te tengas que plantear «¿A dónde vamos, que voy con el niño?», y no haya muchas opciones. Pero bueno, ya reflexionaremos sobre esto. Lo bueno de la Navidad es que sí se piensa en los niños, hasta en los telediarios se les tiene en cuenta. Lo compartimos todo con ellos, disfrutamos juntos, practicamos la integración. Es precioso cuando esto sucede, nos aporta muchísimo a todos.

Ventaja 5: Es un contexto perfecto para plantear actividades significativas. Las posibilidades son infinitas, y dependiendo de las edades ya ni te cuento. Podemos preparar recetas con ellos, hacer un calendario de adviento, crear nuestra propia decoración, regalos, postales… ver películas y leer cuentos ambientados en Navidad, cantar canciones, investigar sobre el origen de los personajes, las tradiciones…hacer juegos con vocabulario específico, inventar cuentos, grabar un vídeo musical… La cuestión, como siempre, es partir de algo que les interese y les motive, y estar atento a sus propuestas; se trata de acompañarles en el proceso de aprendizaje, y no tanto de dirigirles.

Bueno, ¿y a vosotros qué os parece? ¿Sois de los que os gusta la Navidad o, como a mí, os da un poco de repelús? ¿Se os ocurren más ventajas?