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Pérdida gestacional y desinformación

Desinformación normalizada durante la pérdida gestacional

No recibí una atención excelente por parte de los sanitarios cuando pasé por mi aborto. Ni siquiera siento que recibiera una buena atención. La única persona que me ofreció un trato excelente fue precisamente la que lo hizo desinteresadamente, ya que acudí a ella desde el ámbito personal.

De más de 15 ocasiones entre visitas a urgencias, ecografías, consultas telefónicas y online, analíticas…. en fin, más de 15 contactos con profesionales sanitarios, y la única situación de la que no tengo queja es de la histeroscopia final, en la que me atendieron muy bien (aunque no entiendo por qué no podía estar acompañada, y puntualizo que fue antes de la pandemia). En todas las demás hubo algo que, en mi opinión, no fue correcto. Y esta, aunque no es la única queja que tengo, sí creo que es la más grave: una absoluta ausencia de información.

Os pongo en situación: estoy embarazada de 10 semanas, empiezo a sangrar, voy a urgencias, me dicen que tiene bastante pinta de aborto pero no es seguro, que tengo que volver una semana después para confirmar, que vuelva a urgencias si tengo mucho dolor o si sangro mucho, y ¡FIN! Vete a tu casa y a ver qué pasa. A ver, es cierto que me preguntaron si tenía alguna duda, pero yo estaba en shock, no era ni consciente de las dudas que tenía.

Por supuesto, las incertidumbres enseguida empezaron a aflorar a lo bestia: 

  • ¿Qué es sangrar mucho? Mis reglas son muy abundantes, así que no sabría decir si estoy sangrando mucho o normal.
  • Si es efectivamente un aborto, ¿qué va a pasar?
  • ¿Qué es normal que suceda en este proceso y qué no es normal? Aparte de sentir mucho dolor o sangrar mucho que, en fin, ya es motivo para ir a urgencias en cualquier circunstancia.
  • ¿Cuáles son los tratamientos para gestionar un aborto medicalizado?
  • ¿En qué momento puedo llegar a la conclusión de que efectivamente es un aborto y puedo despreocuparme de las restricciones que se aplican al embarazo?

Y más que ahora mismo no recuerdo… ¿Cómo puede ser que dieran la consulta por concluida sin hablarme de cómo se desencadena un aborto, cuando lo más intenso del proceso iba a suceder antes de la siguiente consulta? Todavía no entiendo esta carencia, en mi recuerdo de aquel momento es como si hubiera un vacío, un agujero sin rellenar en la historia. Pero no lo hay, la historia fue así, sencillamente no me informaron de nada más allá de que a lo mejor lo que me pasaba era un aborto y a lo mejor no.

Tiempo después, hablando con otras madres que habían sufrido pérdidas gestacionales, corroboré que esa ausencia de información es algo muy habitual. Es más, en muchos casos es peor todavía, ya que se convierte en desinformación. Es frecuente que una madre que está asumiendo que no va llegar a conocer a su bebé, o que tiene que despedirse de él demasiado pronto, reciba información incorrecta acerca de sus opciones. Esta es una gravísima carencia del sistema, que se suma a las demás carencias que sufrimos las mujeres en lo que a nuestra salud sexual se refiere.

Pero no escribo esto para quejarme y encerrarme en el victimismo. Lo que me gustaría conseguir es:

  1. Visibilizar un problema real
  2. Proponer soluciones

Escribir estos artículos sobre mi pérdida gestacional y compartirlos en mis redes es mi granito de arena para contribuir a la visibilización de este gravísimo problema.

En cuanto a proponer soluciones, creo que el trabajo que requiere esto debería implicar al conjunto de la sociedad. Como casi siempre, todo mejoraría muchísimo si nos enfocáramos en la educación y atajáramos el problema antes de que empiece. La escuela en la que memorizamos datos y los vomitamos el día del examen está obsoleta. Hay que plantearse un gran cambio de paradigma en el que acompañemos a todas las personas en su proceso de desarrollo para prepararles para el mundo de la mejor manera posible. Y en ese trayecto no podemos dejar de lado los grandes temas, como la gestión emocional o la educación sexual (que muy poquito a poco se van abriendo camino en el ámbito educativo), así como hablar del nacimiento y la muerte (y aquí reservaríamos un espacio para la pérdida gestacional). Por supuesto, igual que habría que normalizar el tratamiento de todo esto en la escuela, también es fundamental hacerlo en el ámbito privado, en familia y con nuestros seres queridos.

Pero vayamos a una medida más concreta y más alcanzable a corto plazo: los profesionales sanitarios necesitan formación. Es desolador que sus carencias formativas no sean abordadas a nivel global y tengan que ser muchas veces los mismos sanitarios, a nivel individual, quienes inviertan sus recursos personales en mejorar la calidad de sus servicios. En este sentido, Bolboretas no Ceo Norte está sacando adelante una propuesta que creo que va a resultar muy útil para avanzar. Se trata de un tríptico para entregar a las familias al comunicarles la pérdida de su bebé. Aquí os lo dejo para que podáis ver de qué se trata:

Triptico-BolboretasNoCeoNorte

Hay mucha más información necesaria, dependiendo de las circunstancias, pero en este simple documento ya aparecen los  temas clave y se establece un tono coherente, respetuoso y amable. Es así de sencillo hacer las cosas bien. Y es tremendamente importante para las familias que pasen por ello que se les acompañe con profesionalidad.

¿Se te ocurren otras propuestas o acciones directas que puedan ayudar a hacer las cosas un poquito mejor? Te leo 🙂

 

Pérdida gestacional y autocuidado

Pérdida gestacional y autocuidado

El autocuidado siempre es fundamental, debería ser uno de los pilares en los que nos apoyemos en todas las etapas de nuestras vidas. Y muy especialmente en los momentos difíciles, como es una pérdida gestacional.

Sabemos que es un proceso en el que vamos a sufrir, el dolor es inmenso y se suman muchos factores: tu cuerpo te recuerda constantemente lo que ha pasado, tienes que comunicar la noticia, es un tema tabú socialmente así que habrá pocos espacios para hablar de ello con libertad (si es que los hay), probablemente recibas muchos mensajes cliché que no ayudan nada (del tipo “Ya tendrás otro” o “Mejor ahora que más adelante”)… Pero también sabemos que no queda más remedio que recorrer todo el camino, transitar la experiencia e incorporarla en nuestra historia como un capítulo más

Así que hoy me gustaría compartir lo que yo creo que me ha ayudado a pasar por este proceso de la mejor manera posible. Y, si a ti también te ayuda, maravilloso. Pero antes, un apunte: aunque aquí estoy hablando de pérdida gestacional y autocuidado, en realidad casi todo lo que te propongo se puede aplicar a cualquier contexto

Permítete sentir

Esto es fundamental. Las emociones se van a apelotonar en tu interior, y son tan dolorosas que asustan, pero hay que dejar que cada cosa tenga su espacio. A veces tocará estar triste, a veces enfadada, asustada, desbordada… Cuando toca, toca. No conviene recrearse en las emociones negativas ni dejar que dominen nuestra vida, pero tampoco hay que bloquearlas. Sentir es bueno, y nos ayuda a procesar lo que ha pasado. Si realmente esas emociones son tan intensas que no te permiten gestionar tu vida, a lo mejor necesitas ayuda profesional. Pero antes de eso puede haber muchos momentos difíciles que forman parte del duelo, es normal, fluye con ello y deja que cada recuerdo, cada sentimiento y cada pensamiento encuentren su espacio.

Cuídate físicamente

Descansa todo lo que quieras. Lo que está sucediendo en tu interior es muy complejo y  tu cuerpo no está acostumbrado a experimentar algo así. Como siempre, conviene alimentarse e hidratarse bien. Sobre todo, no te sobrecargues, permítete parar a tomar aire.

Vida sexual

Para mí, la vida sexual tras el aborto tuvo un gran paralelismo con el postparto. Cuando nació mi primer hijo, cada vez que tenía relaciones conectaba con el momento del parto, como si me transportara de nuevo allí de alguna manera, experimentando ese poderío colosal que te hace sentir capaz de todo. Después del aborto, me pasó algo parecido, pero lo que sentía era una gran tristeza. No podía evitar viajar a ese momento tan doloroso, y no es que tuviera relaciones insatisfactorias, sino que me invadía la pena. 

Poco a poco, todo volvió a la normalidad. Yo no creo que el tiempo lo cure todo, para nada, el dolor sigue ahí. Pero el tiempo hace que lo coloques en su sitio, y deje de interferir en otras cosas. En mi caso, así fue. Así que, como en el postparto (y como siempre), haz lo que te apetezca cuando te apetezca.

Grupo de apoyo

Un día, varios meses después, me apeteció buscar un grupo de apoyo al duelo gestacional. Descubrí que en Galicia solo había uno, lo que me sorprendió muchísimo. Por suerte, justo en ese momento se estaba formando otro en mi zona. Se llama Bolboretas no Ceo Norte. Debido a la pandemia del covid 19, solo llegué a acudir a una reunión. Pero es algo que recomiendo muchísimo. Es un espacio en el que podrás hablar con libertad, compartir, reír, llorar… Algo muy necesario y nada fácil de encontrar en nuestro día a día.

Mímate muchísimo

Has pasado por algo terrible y te vas a sentir fatal. A veces te invadirá la culpa, y eso te puede conducir a autocastigarte. No lo hagas, siempre debes tener presente que te mereces estar bien, te mereces ser feliz. Así que haz todo lo que puedas para ello. Insisto, sin forzar, pero cuando creas que es el momento, busca el placer, las risas, el amor.. ¡Disfruta! Porque te lo mereces y porque eso no significa que quieras menos a tu bebé, ni que no le eches de menos. Solo significa que te quieres a ti misma.

Anécdotas surrealistas de mi aborto

Anecdotario surrealista de mi pérdida gestacional

Anécdotas de médicos tengo unas cuantas, supongo que le pasa a todo el mundo. A veces son historias tristes, otras muy ofensivas, algunas de partirte de risa… Pero vamos a centrarnos en las que me sucedieron durante mi pérdida gestacional, a ver qué os parecen:

Anécdota 1

Acudo a urgencias por primera vez, embarazada de 10 semanas y con un leve sangrado desde hace unas horas. Me dicen que probablemente sea un aborto, pero que hay que esperar unos días para confirmarlo. Y ahí va la joyita:

-¿Tienes alguna pregunta?

-… – (yo en modo shock total).

-Bueno, seguro que tienes muchas.

-Sí, tengo una, ¿qué pasa con la lactancia? – ya le había comentado que tenía un hijo de 3 años.

-Pero, ¿sigue tomando pecho? – Ahora la que estaba en shock era ella, y no vayáis a pensar que disimuló mucho. 

Atención, atención, que viene lo bueno:

– Bueno, tú ya sabrás que la lactancia favorece el riesgo de aborto.

No sé si os podéis imaginar la losa que me cayó encima en ese momento. Y eso que yo estaba informada y sabía que eso no era cierto. Hasta que hablé a título personal con una profesional de confianza, que me consta que está actualizada, no me quedé tranquila con el tema.

Por si os queda la duda: NO, la lactancia no favorece el riesgo de aborto. El único caso en el que sa valora el abandono de la lactancia (aparte, obviamente, de que la mamá quiera dejarlo) es si se trata de un embarazo de riesgo, pero de riesgo al nivel de estar en cama y no hacer nada; en realidad, cuando están contraindicadas las relaciones sexuales es cuando también puede estarlo la lactancia, ya que el riesgo es el mismo en ambos casos (lo digo por la información que he recibido hasta ahora de la mano de profesionales expertos, yo no soy profesional de latancia ni experta en la materia, así que ante la duda asesórate de la mano de profesionales, no tomes ninguna decisión en base a lo que yo haya escrito en mi blog, por favor).

Por otro lado, aunque lo que me hubiera dicho fuera cierto, ¿os parece una actuación profesional acertada? A mí, rotundamente no. Esa mujer no fue empática, no fue respetuosa, me cargó de culpa… Básicamente, no solo falló el mensaje, que era incorrecto, sino también la manera de transmitirlo, sin el más mínimo tacto. A su favor, os diré que me aconsejó que no abandonara la lactancia; llegados a ese punto, no tenía sentido (si era un aborto, ya no había nada que hacer) y si luego quería retomarla iba a ser más difícil.

Anécdota 2

Mismo día, un rato más tarde. Llego al Centro de Salud donde tenía que pedir cita para hacerme una eco unos días después. Me dirijo al mostrador, entrego el papel que me dieron para solicitar la cita y la mujer que me atiende me pregunta en un tono muy poco amable:

-¿Estás embarazada?

-… – (yo, de nuevo,  en modo shock total, lo último que me esperaba era esa pregunta).

Aumenta el tono , seco y cortante, como diciendo «A ver, niña, espabila», mientras pregunta varias veces más:

-Pero, ¿estás embarazada? ¿Estás embarazada?

No recuerdo cuántas veces me lo pregunto, fue taaaaan surrealista…  Creo que al final le dije que sí, sin más explicaciones, para que ese momentazo terminara cuanto antes…

Anécdota 3

Un par de semanas después, tras un tratamiento que no me había hecho los efectos que me habían indicado, hago una consulta en el 061 online explicando lo que me ha pasado y me indican que acuda a urgencias. Voy y me toca esperar un buen rato, hay bastante gente, y veo a varias que salen asqueadas por la atención recibida, esas cosas que se notan claramente en el lenguaje corporal. Y yo pensando «Venga, no te rayes, espera a ver qué pasa».

Cuando por fin me llaman a la consulta, me atiende una chica que me pide que le cuente. Empiezo la historia y me interrumpe para decirme que no sabe qué hago allí, que eso no es una urgencia, etc. Vamos, un encanto la mujer… Pero lo más surrealista fue que no paraba de insistir en esto:

-No sé por qué vienes si tienes cita en 2 días.

-No tengo cita en 2 días, sino dentro de 1 semana.

-Aquí veo una cita dentro de 2 días.

-Pues no.

-Pues sí.

… Y así hasta que se da cuenta de que es una cita de embarazo que no me han cancelado. Ni se disculpó, siguió igual de borde hasta que me fui, ¡un auténtico asco!

Anécdota 4

Durante este proceso hice 2 llamadas telefónicas al 061. Hubo un detalle con el que aluciné la primera vez, pero tenía cosas mucho más relevantes en que pensar, así que lo borré hasta que hice la segunda. Ahí la situación era muy diferente, estaba relajada y acompañada, hasta me dio la risa.

Ahí va la perla: el rato de espera hasta que me atendió un humano, en ambas ocasiones, para acompañar esos minutos me pusieron música de suspense. Sí, sí, has leído bien, música de peli de suspense. Porque claro, cuando estás en plena urgencia médica es algo tremendamente adecuado…

 

Ale, hasta aquí el anecdotario surrealista de mi pérdida gestacional. Creo que no tiene desperdicio, la verdad. ¿Y tu qué? Si te apetece contarnos alguna historia, déjame un comentario.

Relato de mi pérdida gestacional

Cuando tu hijo se va por el WC (relato de mi pérdida gestacional)

Soy madre. Mi primer hijo tiene 4 años. El segundo solo estuvo 10 semanas con nosotros (algo menos, ya que parece ser que dejan de crecer un par de semanas antes de que empieces a sangrar).

Cuando fuimos al hospital, al día siguiente del primer sangrado, durante la consulta la ginecóloga me preguntó:

-¿Qué edad tiene tu hijo?

-El mayor tiene 3 años y medio- contesté.

-¡Ah! Pero, ¿tienes dos?

-Bueno…

-Vale, el que tienes.

-Sí, el que tengo.

En ese momento dije eso, pero ahora me reafirmo. El mayor tiene 3 años y medio. El pequeño llevaba 10 semanas en mi cuerpo cuando empecé a sangrar. El pequeño existe, también es hijo mío, soy mamá de dos. Este bebé no ha llegado a nacer, pero es un miembro más de mi familia, y siempre lo será. No voy a obviar su existencia, no quiero olvidarle ni sustiruirle. Siempre tendrá todo nuestro amor, y siempre ocupará el lugar que le corresponde, es nuestro segundo hijo.

Ahora voy a contarte cómo ha sido el proceso del aborto. Entiendo que no todo el mundo tiene estómago para esto, o simplemente puede que no te apetezca leerlo. Pero, en mi caso, conocer experiencias reales es algo que me ayuda muchísimo. Por eso quiero compartir mi relato.

Bueno, y por otra razón. Hay muchas cosas que deberían cambiar para sanar poco a poco nuestra sociedad. Y una de ellas es la manera en la que hablamos (o, más bien, no hablamos) del nacimiento y de la muerte. Son temas muy tabú, y no creo que eso sea sano. Hablarlo y naturalizarlo me parece fundamental, dejar de vivirlo en soledad (y a veces en una terrible ignorancia y desinformación) y acompañarlo como un proceso más de nuestro día a día.

Ahora sí, voy a contarte mi experiencia. Si no te apetece leer sobre sangre y detalles escabrosos, gracias por llegar hasta aquí, pero mejor que no sigas.

El relato de mi aborto

He vivido muchas de las experiencias que forman parte de la vida sexual de la mujer: la menstruación, las relaciones sexuales, el embarazo, el parto, la lactancia… y ahora también un aborto.

Semana 1

Todo empezó un lunes por la noche, justo antes de acompañar a mi peque a la cama. Fuimos al baño y vi que había echado algo de flujo con sangre. Era poquito, y al limpiarme con papel no manchaba más. Obviamente, me asusté mucho, pero estaba sola en casa con mi peque y me tocó mantener la compostura (uno de esos superpoderes que tenemos las mamás). Me metí un dedo para comprobar si salía limpio, y así fue, ni rastro de sangre.

Fuimos a la cama y le conté un cuento. Me temblaba mucho la voz, pero tiré palante. Al poco llegó papá y le conté lo que había pasado. Decidimos esperar a ver qué ocurría al día siguiente, confiando en que todo se quedara en un susto.

Por la mañana fui al baño. Más sangre. En realidad era como flujo con sangre, tipo regla, pero flojita, como al principio o al final de la menstruación. Llamé al 061 y me recomiendaron ir al hospital. Muchos nervios, mucho miedo, pero seguimos confiando en que vaya todo bien.

Entro en la consulta sola; no entiendo por qué a veces no permiten que entren los acompañantes, ¿alguien lo sabe? (aclaro que esto sucedió antes de la pandemia). Hay tres chicas jóvenes, bastante riquiñas: una ginecóloga, una auxiliar (supongo) y una chica de prácticas. Me exploran y me hacen una ecografía. Me explican que se ve un saco y un embrión, pero que es muy pequeñito. Según los cálculos, en ese momento yo estaba embarazada de 10 semanas, pero el bebé, por las medidas, parecía de 6. Hay que repetir la eco en unos días para ver si ha crecido y ha habido un error de cálculo (es decir, que esté embarazada de menos tiempo del que creía), pero tiene bastante pinta de aborto.

Así que toca esperar. Es una sensación terrible, pensar que teníamos que esperar una semana para saber qué estaba sucediendo… 

Pasamos el resto de la mañana gestionando las citas que me habían indicado, una analítica y una ecografía. Aprovechamos para hacer algún otro recado, mientras compartíamos la mañana en pareja, procesándolo y hablándolo con calma.

Al llegar a casa, sobre la hora de comer, compruebo que el sangrado va en aumento. En ese momento empiezo a posicionarme y a asumir la pérdida. Fue un momento muy triste, pero por suerte me sentí arropada. Lo que yo no sabía era que eso era solo el principio de un proceso muy largo.

Al día siguiente fui a trabajar por la mañana, pero al rato volví a casa; el cuerpo me pedía reposo. Me quedé profundamente dormida. Por la tarde, con toda la calma, volví a trabajar otro rato (me habían recomendado reposo relativo, y yo fui guiándome por lo que me pedía el cuerpo, que era mantenerme activa, aunque a un ritmo calmado). Un rato después, estaba sentada en el ordenador y noté que estaba sangrando, aunque no fui consciente de cuánto. Al poco me levanto para ir al baño y veo que he manchado la silla. Miro el pantalón y estaba perdido de sangre. Voy al baño, la braga empapada. Me siento en el WC y ahora viene el momento más impactante de todo el proceso…

Ya había echado varios coágulos, pero eran pequeñitos (a mí me recordaban al sangrado del postparto). Y de repente noté como si algo se me cayera; algo mucho más grande, como un coágulo gigante. Fue una sensación indescriptible. Sucedió muy rápido, pero noté perfectamente cómo se deslizaba y caía, salpicando en el agua. Y pensé: “Ya está, ese era mi bebé”. Así que tiré de la cadena y me fui a casa.

Por suerte, disponía de algo de tiempo antes de que me trajeran al peque, así que me di una buena ducha, avisé a mi marido de que viniera, que le necesitaba, y tuvimos un rato solos para contarle lo que había pasado y llorar.

Aparte de la tristeza y de la situación tan dura, había algo que me inquietaba bastante: necesitaba saber qué iba a pasar. No me habían explicado nada, y tenía muchas dudas: tras ese episodio, ¿debía volver al médico antes de la cita que tenía programada? Cuando fuera, ¿qué me iban a proponer o a hacer? ¿Cuáles eran los posibles tratamientos y qué implicaba cada uno?…

Decidí pedir ayuda a una matrona que conozco en la que confío plenamente y que me respondió enseguida. Quedamos y me explicó todo lo que necesitaba saber, resolvió mis dudas y me regaló varios consejos. En resumen, esto es lo que me contó:

  • El episodio del sangrado a lo bestia con coágulo gigante no iba a ser el único, se iba a repetir.
  • El proceso iba a ser largo, más que una regla (como mi regla suele durar cerca de una semana, me dijo que contara con 10-15 días).
  • Cuando fuera al médico, las posibilidades eran:
  1. Que no me hicieran nada (es decir, dejar que todo se desarrollara de forma natural, sin intervenciones).
  2. Que me dieran un tratamiento con pastillas, que provocan contracciones y aceleran el proceso.
  3. Que me hicieran un legrado, que es una intervención en la que te limpian las paredes del útero.
  • Me iba a seguir sintiendo rara durante un tiempo, como si aún estuviera embarazada.
  • Es habitual seguir sangrando o manchando hasta que venga la siguiente regla, y esta puede ser bastante extraña.

Gracias a esta maravillosa mujer me quedé muchísimo más tranquila. Decidí esperar al día en que tenía la cita, para haber expulsado ya lo más posible, confiando en que el proceso fuera natural.

Al día siguiente (ya era viernes) tuve de nuevo un sangrado muy abundante en el que expulsé un montón de coágulos, algunos que no eran pequeños precisamente, y dos enormes, como el de la vez anterior. A partir de ahí, el sangrado fue disminuyendo. El malestar, tipo regloso, se mantuvo durante bastantes días, pero no me impedía hacer vida normal, aunque a un ritmo mucho más tranquilo que el que había llevado los últimos meses (por circunstancias que no vienen al caso, habían sido, con diferencia, los más estresantes de mi vida).

Semana 2

El día que me tocaba la cita para hacerme la ecografía estaba muy nerviosa, tenía mucho miedo de que tuvieran que hacerme algo, para mí era muy importante que el proceso fuera natural. Y, por otra parte, esta visita fue en un centro de salud en el que en mi primer embarazo tuve malas experiencias. Así que, por un lado, estaba nerviosa por saber si me iban a proponer algún tipo de intervención y, por otro, estaba nerviosa por la incógnita de cómo me iban a atender.

Pero tuve muchísima suerte y me cayó un ángel. Me atendió una chica que, desde el momento en que me tumbé en la camilla, empezó a hablarme. Eso ya fue una gran diferencia, porque en mi primer embarazo cuando iba a las ecografías en este mismo lugar lo habitual era que ni siquiera se dirigiesen a mí en prácticamente ningún momento, a no ser que yo hiciera alguna pregunta. Yo recordaba una sensación muy fría y muy muy muy desagradable. En cambio, esta chica fue en todo momento muy dulce, muy empática y me explicó todo muy bien.

 El caso es que me hizo la ecografía y todavía quedaban restos, que estaban bastante adheridos, y los resultados de la analítica indicaban que yo estaba muy al borde de la anemia. Así que me recomendó un tratamiento con pastillas para acelerar el proceso de aborto; aunque ella era partidaria a priori de que todo fuera lo más natural posible, en este caso no le parecía la mejor opción. A mí me pareció correcto (en realidad, lo que más miedo me daba era el legrado) así que decidí aceptarlo. El tratamiento consiste en 4 pastillas que te introduces en la vagina todas a la vez; debes hacerlo por la noche para que no se caigan y a lo largo de 48 horas, más o menos, hacen su efecto. Lo que hacen es acelerar el proceso (lo que sucedería a lo largo de varios días o semanas, se concentra en dos días). Me explicó que iba a sangrar mucho más, que iba a tener contracciones, probablemente náuseas… Bueno, un montón de posibles síntomas (y, de hecho, junto con las 4 pastillas me dio una bolsa con bastante medicación y las instrucciones para tomarla si la necesitaba).

Con toda esta información, yo me hice a la idea de que iba a encontrarme mal. Por la noche, me metí las pastillas y esperamos a ver qué pasaba; seguí haciendo vida normal, y el caso es que al día siguiente las pastillas no me hicieron ningún efecto. De hecho, yo creo que hasta sangraba menos, y tenía el mismo malestar físico que desde que había empezado todo (muy leve, vaya). Por la tarde, alrededor de las 18hs (o sea, muchísimas horas después de haberme puesto las pastillas) estaba en el trabajo, fui al baño hacer pis y al limpiarme en el papel aparece una pastilla intacta. Me quedé alucinada, no sabía qué hacer, así que llamé al 061 y ahí me informaron de que esto era algo bastante habitual, que a veces se cae alguna, que si podía me la volviese a meter (cosa que hice) y listo.

Los días siguientes yo estaba bastante bien, sangrando muy poquito, aunque no dejé de sangrar en ningún momento, y con alguna leve molestia, pero ni una sola contracción, ni náuseas… ¡Nada de nada! Así que yo lo que me temía era que las pastillas no me habían hecho efecto por alguna razón o que se me habían caído sin darme cuenta. Estaba bastante preocupada y todavía faltaba una semana entera para la siguiente cita, así que decidí que el lunes iba a hacer una consulta a ver si era conveniente ir al hospital o algo.

Semana 3

El lunes hice una consulta online (casualmente, me acababa de enterar de que aparte del 061 telefónico también existe un servicio online) contando lo que me había pasado y cuáles eran mis dudas.

Al rato recibí una respuesta recomendándome acudir al hospital. Era lunes por la tarde y había mucha gente en urgencias de ginecología; tardaron bastante en atenderme y, para colmo, esta vez no tuve tanta suerte y me atendió una profesional que fue muy borde y lo único que me transmitía eran muy pocas ganas de trabajar. Después de reñirme por haber ido a urgencias cuando lo mío no era una urgencia (a pesar de explicarle que yo había seguido las recomendaciones del 061), me hace una ecografía y me dice que está todo bien, que ya hay menos restos y que todo sigue su curso normal. Vamos, que la incógnita de por qué las pastillas no me provocaron los síntomas esperados no se resolvió.

El resto de la semana digamos que todo se fue normalizando. Físicamente me encontraba casi normal, muy poco sangrado y muy pocas molestias. Pero mi cuerpo seguía raro, en cierto modo aún te sientes como si estuvieras embarazada (las hormonas siguen alteradas). Y en cuanto a la parte emocional y psicológica del asunto, ya estaba todo mucho más asumido. Lo cierto es que el hecho de haber podido hacer vida normal y haberme encontrado bien en todo momento ayudó, y todo el proceso coincidió con un gran avance en un proyecto personal tanto de mi marido como mío que nos sirvió para contrarrestar un poco una situación tan dolorosa. Digamos que, a pesar de lo duro y triste que es algo así, agradezco mucho que no sucedió en el peor momento.

Para mí el duelo implica mucho tiempo. Cuando me ha tocado de cerca, nunca he asumido la muerte enseguida, han sido procesos largos e íntimos. Y este es un episodio más que se incorpora a la historia de mi vida y que iré procesando poco a poco. Tras los primeros días, que fueron más duros, impactantes y tristes, y la parte física también mucho más intensa, lo peor es estar recordándolo todo el rato, cada vez que vas al baño y ves la sangre, y tener que ir al médico una y otra vez. Pero también es cierto que el hecho de que sea un proceso largo ayuda a ir despidiéndote a tu ritmo.

Semana 4

Me toca de nuevo ecografía y de nuevo quedan restos, aunque esta vez son muy poquitos. Había tres posibilidades: no hacer nada y esperar a que salgan solos, hacer un legrado directamente o la opción intermedia que sería repetir el tratamiento de las pastillas. Me recomendaron esta última y a mí también me pareció lo más razonable. Esta vez me sugieren algo nuevo, humedecer un poco las pastillas con agua antes de introducirlas en la vagina, para que se disuelvan mejor.

Me hicieron más efecto que la primera vez, al día siguiente no me encontraba nada bien. No llegué a tener contracciones, ni a estar mal de quedarme en la cama (de hecho, estuve trabajando), pero estaba bastante pachuchilla. Además, llevaba unos días tomando ibuprofeno porque me dolía bastante la garganta, y como no suelo recurrir mucho a la medicación (prefiero dejar que el cuerpo sane solo y a su ritmo, a no ser que realmente me encuentre muy mal o que me esté impidiendo hacer mi vida) tenía quizá las defensas un poquito bajas y se me estaba juntando todo. El segundo día aún estaba regular, pero ya mucho mejor. Y el tercer día ya normal. 

A partir de ahí seguí manchando pero muy poquito, principalmente al ir al baño, así que por fin, después de casi un mes, dejé de usar compresas (ese mes para mí fue decisivo en otro aspecto, decidí que no quería usar compresas desechables nunca más y me pasé a las de tela, con las que estoy encantada).

Semana 5

Se repite la historia una vez más. Me hacen una eco y aún quedan restos. Como el ginecólogo que me atendió se quedó dudando, tomé la iniciativa y le propuse esperar unas semanas y volver después de que me hubiese venido la regla, a ver si gracias a ella se terminaba de limpiar todo bien. Le pareció razonable y quedamos así.

Pero esta vez hubo dos temas nuevos:

  • Por un lado, me pidió una analítica para comprobar los niveles hormonales (la hice y todo estaba correcto).
  • Por otro, en la eco le pareció ver algo al fondo del útero, posiblemente un mioma. Quedó pendiente de verlo en la siguiente revisión.

Ese día me enfadé, muchísimo. Tuve que esperar un montón a que me atendieran, me resultó desesperante estar viviendo una y otra vez lo mismo, parecía que el proceso no iba a acabar nunca… Estaba cabreadísima, tanto que eché a andar y de repente, cuando me di cuenta de donde estaba, llevaba más de media hora caminando y no había sido ni consciente. Pero me permití estar así, lo necesitaba. Enfadada con el mundo y hartísima.

Semanas 6 y 7

Poco después me vino la regla. Me habían avisado de que probablemente fuese una menstruación rara (color, olor…), pero en mi caso no, fue de lo más normal y me resultó tranquilizadora, me sirvió para avanzar un poco más en este durísimo capítulo de mi vida 

Incluso después de la regla seguí manchando un poco, mi cuerpo todavía se estaba normalizando. Y después de eso, tenía mucho flujo, pero ya limpio por fin.

Semana 8

El día de la revisión iba muy tranquila. Lo cierto es que prácticamente había borrado lo del posible mioma de mi mente, y al encontrarme ya normal y haber dejado de manchar, estaba segura de que ese día se acabaría todo por fin. No fue así…

Ya no quedaban restos, pero había algo claramente. El ginecólogo llamó a una compañera para contrastar opiniones. No sabían si era un mioma o un pólipo, aunque apostaban por un mioma. Y esto es lo que me cuentan:

  • No es grave ni urgente, de hecho tiene un aspecto totalmente benigno, pero hay que sacarlo.
  • Posiblemente haya sido la causa del aborto, aunque no se puede saber con seguridad.
  • Tengo que esperar una llamada para que me den cita para una histeroscopia. Ese día, en principio, confirmarán que es un mioma y me lo quitarán. El proceso es rápido y bastante inocuo, aunque algo molesto y con ciertos posibles efectos secundarios (dolor, sangrado, náuseas…). Si en un mes no me han llamado, me recomiendan que llame yo para ver cómo va el tema.

Meses siguientes…

Pues sí, pasaron meses hasta que me dieron cita. Meses en los que llamé varias veces y me decían cada vez algo distinto (que iba a ser ya de ya, que si esta quincena no pero la que viene seguro que sí, que es imposible saberlo así que mejor no me dicen nada…). Hasta que por fin me citaron en febrero, 6 meses después de la última cita, 8 meses y medio después del inicio del sangrado. Fue una espera larga y difícil, y yo no tenía ganas de ir a hacer esa prueba, ni de hablar de ello… solo quería que todo pasara por fin y poder empezar un capítulo nuevo, pero no tenía ninguna confianza en que aquello fuese el final.

Semana 33

Vamos al hospital. Una vez más, tengo que entrar sola. Me atienden tres mujeres. Encantadoras, cariñosas, dulces, me lo explicaron todo antes de empezar y también durante. Fue mucho más llevadero de lo que había imaginado, apenas sentí molestias. Me metieron un suero que estaba frío, y luego un instrumento con una cámara y una especie de pincitas para sacar al “intruso”. Al final resultó que no era un mioma, sino un pólipo. Bueno, un pólipo y medio, ya que tenía un compañero a medio formar. Me los sacaron y listo. Los días siguientes tendría que usar compresas, ya que estaría expulsando el líquido poco a poco. Y ya solo tocaba esperar al resultado, ya que había que analizar el pólipo, pero me aseguraron que era benigno. 

Semana 37

Un mes después recibí una llamada para corroborarlo (en ese momento ya estábamos confinados, desde hacía unos días, así que me lo contaron por teléfono directamente): el pólipo era benigno.

Fin del relato de mi aborto

Obviamente, ahí no acaba todo. ¿Sabéis eso de que el postparto no dura en realidad 40 días, sino mucho más? Pues el “postaborto” también. De hecho, yo creo que, como cualquier duelo, es un proceso que no acaba nunca. Para mí esta experiencia ha marcado un antes y un después muy significativo en mi vida. Pero ya os contaré más cosas otro día, hoy solo quería compartir mi historia. Gracias por acompañarme en este camino 💜